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Las lágrimas de George Steiner



¿La música, nos hace mejores personas?

En la última entrada del blog, hacíamos la presentación del proyecto Despierta! Os recordamos el último párrafo: “En estos momentos no tenemos la certeza de que a final de curso hayamos podido dejar atrás la crisis sanitaria. ¡Quizás habrá que esperar hasta Navidad! … En cualquier caso, ¡queremos que el Despierta! se convierta en un canto al reencuentro, un grito a la esperanza y una declaración compartida que la música nos hace mejores personas. “. Hemos querido reflexionar un poco en torno a esta afirmación. Para ello, hemos devuelto a la lectura de un ensayo que ya os recomendamos en otra ocasión. Se trata de “La música es mi casa” de la filósofa polaca Alija Gescinska. En su ensayo, confiesa que el asunto de la importancia moral de la música la ha rondado desde que era estudiante. ¿Existe un vínculo entre música y moral? ¿Desprenden los sonidos más bonitos una fuerza civilizadora? ¿Es la bondad intrínseca a la belleza?

Una entrevista

El polaco Krzystof Penderecky (1933-2020) es uno de los compositores más importantes del siglo XX. Obras como el Lamento por las víctimas de Hiroshima (1960), la Pasión según San Lucas (1966) o el Réquiem Polaco (1984) le dieron fama mundial. Más recientemente, en 2014 compuso la excepcional Thousand Voices for Peace que se cantó en la basílica de Koekelberg (Bruselas) para conmemorar el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial. Escribir una pieza por la paz que cantarán mil voces al mismo tiempo hace pensar que su autor ha de creer en la capacidad de la música para cambiar el mundo, ¿verdad? En 2018, Gescinska tuvo la oportunidad de entrevistar Penderecky. Sorprendentemente, a la pregunta sobre importancia moral de la música, el compositor respondió con un nie corto y rotundo.

Desconcertada por la respuesta, Gescinska le replicó que sus obras transmiten una implicación que hace pensar que con su música aspira a algo más que a la belleza. Pues, no. El compositor insiste en que la música no puede cambiar las cosas. Como mucho puede suavizar el sufrimiento que provocan.

Sobre la belleza y el consuelo

En 2012, el periodista holandés Wim Kayzer presentó un programa de televisión con este título tan sugerente: Van de schoonheid en Troost (Sobre la belleza y el consuelo). A lo largo de la serie, el periodista entrevistó hasta 26 escritores, científicos, filósofos, músicos y otros artistas. El programa giraba en torno a una cuestión fundamental: ¿qué hace que valga la pena vivir?

George Steiner (1929-2020) fue una de las personas entrevistadas. Nacido en el área metropolitana de París, hijo de padres judíos austriacos, ya de pequeño leía Homero bajo la mirada atenta de su padre. En sus memorias, publicadas en catalán por la editorial Arcadia, reconoce que la Ilíada y la Odisea le habían acompañado toda la vida. En 1940, junto con su familia, se trasladó a Nueva York huyendo del régimen nazi. Licenciado en literatura en la Universidad de Chicago y doctorado en la Universidad de Oxford, centró su vida profesional en la literatura comparada. Extremadamente erudito, una auténtica polimatía, fue además de uno de los grandes pensadores de Europa y sobre Europa, un gran melómano.

En sus memorias, nos cuenta así de dónde le venía su extraordinaria afición por la música: «Cuando yo era muy pequeño, a la hora de ir a la cama, a veces se me permitía, por la rendija de la puerta de la sala, escuchar música de cámara o algún recital de lieder, interpretados por músicos invitados en nuestra casa. Todos eran refugiados, que se encontraban cada vez en una situación más desesperada. Pero incluso en ese complicado crepúsculo político, una canción de Schubert o un estudio de Schumann podían iluminar el rostro preocupado de mi padre». ¡Dicho de otro modo, la belleza como fuente de consuelo!

La cruda realidad asociada al nazismo hizo cambiar la percepción inicial de Steiner. A regañadientes, llegó a la conclusión de que el arte, en definitiva, no nos hace mejores personas. No podía aceptar que un montón de nazis fueran capaces de exterminar gente de día y por la noche ir al teatro o a la ópera. ¿Cómo puede una persona culta ser un monstruo moral? En el programa televisivo, Steiner no pudo evitar derramar algunas lágrimas ante esta aparente paradoja. Las artes y las humanidades no humanizan, resumió esto Steiner tristemente.

La música, un ejercicio de empatía

Gescinska, a pesar del nie seco de Penderecky y las lágrimas de Steiner, es de la opinión que hay algo en la música y en el arte en general que nos eleva por encima de nuestra cotidianidad y que puede ayudarnos a ser mejores personas, a comprender mejor a los demás. La música, nos dice Gescinska, «es un ejercicio de empatía … sin resultados garantizados». Valdimir Jankélévitch, (1903-1985) musicólogo y filósofo francés hijo de judíos rusos, expresa la misma idea, pero de una manera más irónica: «La música te conecta con los corazones de los demás, siempre que tú tengas».

¡Convencidos como estamos de que el corazón de la comunidad tremolaire supera con creces las dimensiones de la escuela, y a pesar del respeto que nos merecen personalidades como en Penderecky y Steiner, no tenemos ninguna duda, como sostiene Gescinska, que la música nos hace mejores personas!

Adenda

En enero de 2015, el añorado Carlos Capdevila publicaba en el diario Ara una entrevista que le había concedido George Steiner. Os recomendamos que la recuperéis. Podéis encontrar perlas como esta: «Me gustaría poder reír con más facilidad. Pero estoy mucho más interesado en sonreír. Hay animales que pueden reír, eso lo sabemos. Pero no hay ninguno que pueda sonreír. Es el misterio de la sonrisa. Si me hace definir al ser humano, le diré que es un animal que puede sonreír. Es lo máximo que puedo acercarme a una definición.»